Mazatlán, foco rojo de desapariciones

¿Por qué familias de Durango viven en alerta constante?

Mazatlán dejó de ser solo un destino turístico para muchas familias de Durango. Con el paso del tiempo, el puerto sinaloense comenzó a asociarse con desapariciones, ausencias sin respuesta y búsquedas interminables. Desde hace al menos dos años, madres, colectivos y grupos de rastreo advierten un incremento preocupante en los casos de jóvenes duranguenses que desaparecen tras viajar a esta ciudad.

De acuerdo con registros de Madres Buscadoras de Durango, existen más de 18 fichas activas entre 2024 y 2025 relacionadas con personas vistas por última vez en Mazatlán. Sin embargo, las cifras oficiales no coinciden. La Fiscalía General del Estado de Durango (FGED) reconoce menos de la mitad de esos reportes, lo que abre una brecha entre el dolor de las familias y los datos institucionales.

¿Dónde quedan los registros oficiales?

La falta de un registro unificado complica la dimensión real del problema. Mientras los colectivos documentan casos con nombres, rostros y fechas, las autoridades manejan números distintos. Esta disparidad genera desconfianza y prolonga la incertidumbre.

Además, Mazatlán mantiene una relación histórica con Durango. Familias viajan por trabajo, turismo o estudios. Por eso, cada nuevo caso refuerza la percepción de que algo cambió. Para los buscadores, el puerto se transformó en un espacio impredecible, donde jóvenes desaparecen sin dejar rastro, como si el entorno los absorbiera.

Las madres relatan que muchas desapariciones siguen un patrón similar: traslados breves, comunicación interrumpida y silencio absoluto. Después, solo quedan denuncias, fichas de búsqueda y la espera.

¿Qué dicen las familias y colectivos?

Para las familias, el tiempo se volvió un enemigo. Cada día sin noticias aumenta la angustia. Colectivos señalan que la respuesta institucional resulta lenta y fragmentada, mientras las búsquedas recaen, en gran medida, en manos ciudadanas.

Las madres buscadoras aseguran que no buscan culpables en discursos públicos, sino verdad, localización y acciones concretas. Insisten en que el fenómeno no puede minimizarse ni tratarse como casos aislados. Desde su perspectiva, Mazatlán opera como un punto crítico en la desaparición de jóvenes duranguenses.

A pesar del miedo, las familias continúan organizándose, compartiendo información y presionando para que las autoridades reconozcan la magnitud del problema. El sentimiento común no cambia: alguien salió y nunca regresó.

Mientras no exista claridad en los registros ni avances visibles en las investigaciones, Mazatlán seguirá siendo, para muchas familias, un lugar marcado por la incertidumbre, la ausencia y una pregunta que se repite todos los días: ¿dónde están?

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